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Amazonas en canoa - Javier Colorado

Amazonas en canoa

3.000 kilómetros a remo

Amazonas en canoa

3.000 kilómetros a remo

Inicio: 1/04/2017 – Finalización: 1/08/2017

Viajar es una de mis grandes pasiones, por lo que decidí continuar el camino que hace tiempo emprendí y que tanta felicidad me aporta. Cuatro meses después de completar la vuelta al mundo en bicicleta, me embarqué en una nueva aventura que me llevaría a cruzar el Amazonas en una canoa de madera.

Aterricé en Quito, Ecuador, junto a mi cámara y compañero de aventura, Manu de Salvador. Juntos viajamos por tierra hasta Francisco de Orellana donde contacté con una pequeña Comunidad Quechua. Allí nos acogió un carpintero y constructor de canoas llamado Eliseo. Durante doce días me ayudó a fabricar en medio de la selva una canoa de cinco metros de largo, con la que acabaría remando 3000 kilómetros hasta llegar a Manaos, y a la que bauticé con el nombre de Corcho. Previamente, plantamos varios árboles para reponerle a la naturaleza lo que íbamos a tomar de ella.

 

Durante la fabricación de Corcho nos involucramos mucho con la Comunidad. Uno de los días que más disfruté fue cuando me invitaron a ayudar a uno de los vecinos, llamado Alfredo, a sacar su canoa de doce metros de la selva. Esto se lleva a cabo sin maquinaria pesada, se hace con una cuerda y a pulso. Me sorprendió mucho que tanto hombres, mujeres y niños sumaran fuerzas durante toda la mañana para ayudar a su vecino. Después de finalizar la dura marcha de varios kilómetros bajo un sol de justicia, siguiendo la tradición, Alfredo nos invitó a todos a comer y a beber chicha, una bebida fermentada del jugo de la yuca y el camote. Fue el momento de las bromas y las muestras de afecto. Eran una Comunidad de cuarenta miembros que estaba muy unida. Me pareció una lección de compañerismo preciosa, y más aún sabiendo que el día que tuve que sacar mi canoa de la selva, la comunidad estuvo ahí para ayudarme.

Una vez terminamos los preparativos, con la canoa de Manu cargada con la cámara, y Corcho con todo el equipaje y los víveres, nos lanzamos al Río Tiputini para remar 300 kilómetros atravesando el Parque Nacional Yasuní, considerado la reserva natural con mayor biodiversidad del planeta. Durante dos semanas conocimos pequeños asentamientos Quechua y Huaorani, gritamos al cielo con cada tormenta y surcamos infinitas curvas en compañía de delfines, monos, nutrias, familias de capibaras que cruzaban el río, caimanes, perezosos, cientos de aves y miles de insectos.

Las noches en la selva eran muy emocionantes, había que abrirse camino con el machete para instalar el campamento, y cuando llegaba la oscuridad aparecían millones de sonidos que te envolvían dentro de la tienda de campaña. Estábamos tan aislados, que remamos durante cinco días sin ver a otro ser humano. Finalmente salimos del Parque Nacional Yasuní y llegamos a la desembocadura con el río Napo.

 

Entramos en un río de casi dos kilómetros de ancho. Con mas corriente, más comunidades, y donde nos resultó más fácil abastecernos. Conocimos una zona en la que éramos Gringos “Pelacaras”, ya que creían que hace tiempo llegaban los extranjeros y les arrancaban la cara a los indígenas, de ahí que al principio nos tuvieran algo de miedo, pero nos duraba mucho. Fue muy bonito acostumbrarse a la visita diaria de los delfines rosados, aunque rara vez bajamos la guardia. Remábamos cerca de la orilla para aprovechar la corriente, pero también era donde se formaban grandes remolinos y se concentraban cientos de troncos flotando o encallados en el arenoso lecho. Esta fue la mayor complicación del Río Napo, la amenaza de volcar de una forma violenta. Finalmente, después de doce días remando sin graves percances, llegamos a la desembocadura con el río más grande del mundo.

La última mañana en el Río Napo, retomamos la marcha después de que estuviera dos días enfermo en una comunidad. Supimos que solo tuve gripe porque en la enfermería de la aldea descartamos la malaria con un test rápido, y el enfermero no creyó que tuviera dengue ya que no sufría dolor en los músculos. Lo importante es que me había recuperado y tenía ganas de continuar. Nos propusimos remar 50 kilómetros y dormir en una pequeña ciudad que estaba a solo un par de kilómetros de la desembocadura con el Río Amazonas. Nos pareció el plan perfecto.

Remamos bien, remamos muy bien, con tormenta de por medio y todo. Con la puesta de sol llegamos frente a la ciudad, sabíamos donde estaba porque los pequeños núcleos urbanos del Amazonas, se pueden distinguir perfectamente localizando la antena de comunicación que sobresale de la línea de arboles, y la teníamos delante, a un kilometro tierra adentro. Solo teníamos que encontrar el pequeño canal que teníamos ubicado en el GPS, pero no pudimos debido a que había algo que no salía en el GPS, una pradera de plantas flotantes que nos separaban 200 metros de la costa. En estas praderas si caminas te hundes y si remas encallas, los lugareños habrían abierto un pequeño pasillo a golpe de machete, pero antes de que lo encontráramos se nos echó la noche encima. No podíamos llegar al canal, así que continuamos lentamente río abajo bordeando la pradera flotante intentando encontrar tierra.

Cayó la noche a las 18:00 y comenzamos a remar con la luz de la luna. Los mosquitos nos estaban devorando y apenas encendíamos la linterna para evitar las nubes de insectos que nos golpeaban la cara. Estábamos muy cansados, avanzamos lento y con mucha incertidumbre. Empezamos a ver varios delfines rosados y de pronto uno saltó a mi lado, con la cola golpeó con fuerza el agua y casi me mata del susto, porque lo primero que pensé es que era un caimán que saltaba para morderme el brazo.

Por fin, desaparecieron las plantas flotantes y pudimos comenzar a rastrear la costa para acampar. Con la linterna iluminaba la línea de arboles y veíamos algún movimiento de animales, pero no podía reconocer que eran, probablemente monos pensé. La selva no duerme, sino que todo cobra más vida por la noche. Hubo un momento en el que los peces empezaron a saltar del agua cayendo uno dentro de mi canoa, y cuando pensé que no podía alucinar más, Manu, que iba delante mío, me gritó: “¡Colo, Colo, creo que estamos remando a contracorriente!”. Así que encendí la linterna, alumbré el agua y efectivamente, estábamos remando a contracorriente, así que le contesté: “Manu, acabamos de entrar en el Río Amazonas”. Sin darnos cuenta habíamos llegado a la esquina en la que se unen la corriente del Río Napo y la del Amazonas, y habíamos continuado bordeando la costa entrando a contracorriente en el río más caudaloso del planeta. Por fortuna, a los 200 metros encontramos una pequeña granja donde una encantadora familia peruana nos dejó acampar. Así fue como entramos en el río Amazonas, de noche y con la luz de la luna. Al amanecer, pudimos contemplarlo por primera vez.

El Río Amazonas tiene varios kilómetros de ancho, la selva no tiene montañas y es prácticamente llana, la amplitud que ves a tu alrededor es desmesurada, sobretodo cuando se aproxima una tormenta. Se aprecia perfectamente como se acerca la cortina de lluvia, cada vez más y más cerca, como avanza hasta que en un segundo pasas de estar seco a estar bajo la ducha, es increíble. Aunque si la tormenta arrastraba fuertes vientos ya no tenía tanta gracia. El viento forma un oleaje que tambaleaba las canoas como si fueran de papel y las inundaba sin piedad. Cuando la tormenta nos alcanzaba en el centro del río, el fuerte oleaje nos obligaba a remar kilómetro y medio hasta la orilla para evitar irnos a pique. Esos fueron los momentos más duros que vivimos remando.

Llegamos a la triple frontera entre Colombia, Perú y Brasil, y entramos en el país carioca. El cambio de idioma nunca fue una barrera, la gente del Amazonas seguía siendo encantadora. A lo largo de los 3000 kilómetros de viaje conocimos comunidades muy sencillas, sin electricidad ni cobertura, y no importaba si eran Ecuatorianos, Peruanos, Colombianos o Brasileños, Quecha, Huaorani o Tikunas, daba igual si eran pescadores, ganaderos, agricultores, un profesor o el jefe de la aldea, porque siempre nos recibieron muy bien. Se dice rápido, pero significa mucho.

Llegó el momento del viaje de la adaptación total, en el que aprendimos a leer perfectamente el río. Mirábamos al cielo por la mañana y sabíamos la previsión meteorológica del día. Con un vistazo al GPS podíamos predecir la corriente en cada tramo, y escoger la mejor ruta en un río de cuatro kilómetros de ancho. Sabíamos donde parar a dormir, a quien preguntar y si dormíamos en mitad de la selva, escogíamos los mejores campamentos.

Mi momento favorito del día era el baño al atardecer. Después de descargar la canoa, con la tienda montada, la cena cocinándose y la ropa tendida, me acercaba a mi canoa con una pastilla de jabón y me daba un baño frente a las puesta de sol más impresionantes que he visto en todos mis viajes. Luego llegaba la cena, charla con mi amigo y el ritual de revisar bien la tienda de campaña para decir: “Vale, soy el único ser vivo aquí dentro, puedo dormir”.

Solo en un tramo temimos por nuestra seguridad, el que esta entre Tefé y Codajás. Una conocida zona de piratería en la que los delincuentes asaltan impunemente pequeñas embarcaciones, y asesinan sin escrúpulos a personas inocentes con tal de ganar algo de dinero. La soledad en el río es absoluta y nadie garantiza tu seguridad, nadie excepto las personas de buen corazón que abundan en el Amazonas. Fueron estas personas las que nos ayudaron a tomar una gran embarcación y remolcar las canoas, para así atravesar esta turbulenta zona de una forma segura.

El viaje concluyó con la llegada a Manaos, aunque la llegada fue lo de menos. Después de un viaje tan duro, hermoso y emocionante, para mi lo más importante fue haber tenido la oportunidad de vivirlo. Una experiencia de vida no se puede guardar bajo el colchón de la cama o en una caja de seguridad, y sin embargo, su valor es incalculable. Es tuya y siempre te acompañará, y en vez de guardarla, lo más hermoso que puedes hacer con ella es compartirla.

Lo que quiero compartir con vosotr@s, es que durante cuatro meses no solo viajé por el Amazonas, si no que durante cuatro meses, fui parte del Amazonas.